Luis Pérez-Oramas: En los tempranos años 40, Reverón retornó a la representación de paisajes. Aun cuando su mundo se reducía a los límites de su estúdio y casa, El Castillete, y de los alrrededores de Macuto, a menudo viajaba a Caracas con el objeto de vender sus obras -- tomando el arduo camino de montaña que en aquel tiempo separaba la costa del Caribe de la capital de Venezuela. Por entonces existía una naciente escena artística en Caracas, y algunos coleccionistas bien establecidos conocían la obra de Reverón. Otros lo llamaban “el loco de Macuto”. Pero todos compraban sus obras.
Esta escena con su dramática perspectiva representa una pequeña calle de La Guaira, la ciudad portuaria que sirve a Caracas. El soporte de coleto carece de preparación previa, o imprimatura. Reverón lo ataca con sus pigmentos dejándo visible su crudeza, usando su superficie virgen para representar las formas en el paisaje apenas esbozadas – la montaña, las casas, y la calle que nos conduce a la escena.
La perspectiva sobresale por su claridad. En la distancia, no obstante, la figura dramática de un árbol funciona como punto de fuga. Es difícil saber dónde concluyen sus ramas y dónde comienza el tejado de las casas. Esta confusión de formas y límites es típica de la manera cómo Reverón representa nuestra experiencia de los objetos al hacerse imágenes. Sólo gracias a las casas podemos identificar aquí la calle. Sin ellas, la escena carecería de substancia real. Lo que creemos un árbol pudieran ser nubes. Quizás humo.
Otros artistas venezolanos pintaban temas similares a este –lugares cotidianos y su modesta arquitectura. Pero sus obras destacan por la claridad geométrica y el brillo de los colores. Se diferencian completamente de la material veladura y de la presencia espectral de las imágenes que caracteriza a las composiciones de Reverón.